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martes, 8 de junio de 2010

Nocturnia



Estoy sentada en el departamento de Concepción, junto a Bardo y Soledad. Miro a la Conce con un poco de lujuria, y por surte Bardo no lo nota. No sé qué tiene: Su cara cachetona y su nariz casi sin tabique no son especialmente lindas, pero son sus colores los que me fascinan. Los colores y su personalidad irreverente, ingenua, totalmente infantil. Como cuando hablamos de sexo con el Bardo y no se da cuenta. Ella se pasea por toda la cocina americana y el living de su casa buscando vasos y botellas de vodka a medio terminar de carretes anteriores, todos memorables, como cuando nos fuimos a la cordillera con varios amigos a una cabaña con piscina que quedaba a una hora del poblado humano más cercano. Estaban Sole, Conce, Lobo, Narciso, algunas amigas y yo. Terminamos jugando a la botella, cagados de la risa. Memorable. Tenía tantas ganas de besarla esa noche, y no me tocó. ¿No es tonto el no haberlo hecho simplemente? Mal que mal, es mi mejor amiga y en el estado en que estábamos, a nadie le hubiese importado, es más: probablemente ni siquiera se hubiesen acordado… Bardo interrumpe mis divagaciones cuando pasa un brazo por sobre mi hombro, me atrae hacia sí y me besa, con esa actitud de tú-eres-mía-y-puedo-hacer-lo-que-quiera-contigo que detesto. El pobre está aburrido, es el único hombre por aquí y nadie lo está pescando mucho. 

Me recuesto sobre sus piernas un poco por lástima, y subo mis pies al sofá. Soledad, que está sentada en el piso, recuesta su cabeza perfectamente morena sobre mi vientre. Ella es delgada, alta, tiene esa piel aceitunada y los ojos negros típicamente mediterráneos, es discreta, pero a la vez parece omnipresente. Casi nunca la ves, pero cuando la buscas siempre está justo frente a tus ojos; la Némesis perfecta de la Conce, cuyos bucles castaños le caen juguetones sobre los hombros; enmarcando unos ojillos vivaces que nunca me pierden de vista.

Tengo ganas de curar a la Sole por el puro gusto de ver qué hace, porque me acabo de dar cuenta que nunca la he visto borracha y eso me pica un poco. Mientras tanto, la Conce ya está catando el ron, pues parece que nadie más va a llegar, así que me levanto, sirvo un vodka para mí, uno para la Sole y vuelvo al sillón…

Ha pasado poco menos de dos horas. El bardo está en el balcón gritando a los pocos autos que pasan a esta hora por la avenida cuatro pisos más abajo. Parece que tiró uno de los vasos de la Conce por el balcón, pero estoy demasiado mareada para averiguarlo. Lo peor es que después de todo este rato, la Sole aún está perfectamente sobria, mirando cómo trato de caminar en línea recta hacia el ventanal que me separa del balcón. Es cuando escucho a mi espalda el tintinear de cientos de trocitos de cristal repartiéndose por el piso flotante. Con esa velocidad de pensamiento a la que tu cuerpo no responde cuando estás borracha, comprendo que la Conce rompió otro vaso y me volteo lo más rápido que puedo sin sacarme la cresta. La Conce intenta recoger los pedazos más grandes del ex-vaso en medio de la penumbra del pequeño living de su casa. Me acerco rápido, con una mano extendida para quitarle los vidrios antes de que se saque un brazo de puro torpe que es, pero algo sale mal. 

Concepción se voltea inesperadamente con un cristal entre los dedos y en el mismo segundo en que me encuentro con sus pequeños ojos almendrados siento una mordedura helada en la palma de mi mano derecha. Doy un paso atrás tabaleándome. Un delgado trozo de vidrio ensangrentado cae al suelo por segunda vez.

- ¡SI SERÁS ESTÚPIDA, CONCEPCIÓN! ¡MIRA LO QUE HICISTE!

Ya no estoy mareada. Esquivo, en carrera hacia el baño, a la Conce, que todavía no cacha qué pasó, pero luego pienso que debí haberle dado un buen empujón por huevona. 

Echo mil puteadas contra la Soledad, porque si no fuera por su fotofobia de mierda,las luces estarían encendidas y estas cosas no pasarían. Entro al baño. Voy dejando un rastro de gotitas de sangre que se ve más dramático de lo que es. Pongo mi mano bajo el agua corriente. El corte no es muy profundo, por suerte y todo parece estar más o menos en orden. El ardor del ron en la herida se va rápidamente pero sigo tremendamente molesta por la estupidez de la situación. 

Después de un rato, parece imposible hacer que la herida deje de sangrar. Además, la flojonaza de la Soledad no se ha dignado a ofrecer ayuda. 

Levanto la vista hacia el espejo por pura costumbre y doy un respingo al ver a la Sole asomada por la puerta del baño, con medio cuerpo adentro.

- Uy, disculpa que no haya ofrecido ayuda - ¡Carajo! No me había dado cuenta de que ella había entrado y menos de que yo estaba murmurando – A ver, déjame verte esa mano - Toma un trozo de Confort y lo presiona contra mi palma. Sus manos están frías. Retira la compresa improvisada y la herida limpia vuelve rápidamente a inundarse de sangre. Intento retirar mi mano, pero la Sole la retiene y sin siquiera mirarme se la lleva a la boca.

- ¡Por la Mierda, Soledad, que me duele! – la desgraciada se ríe, como si estuviera haciendo quizás qué cosa. Supongo que nunca voy a saber lo que pasa por esa mentecita siniestra que tiene. Estoy segura que cuando chica ahogaba gatitos y atropellaba perros con ese triciclo rojo que tenía, que era como el demonio. Es mala esa mina, en serio.

- Ay, que eres llorona, si no pasa nada. Ya mandé al Bardo y a la Conce a acostarse antes de que nos quedemos sin vasos, que a propósito deben haberse salvado como tres no más



- ¿¿A acostarse?? ¡Tonta! ¡No me digai que los acostaste juntos!

- Yo no los acosté juntos, después que te encerraste en el baño, la Conce se fue a llorar donde el Bardo; tú sabes cómo se pone Cuande está copeteada. Metí a la Conce en su cama y el Bardo llegó solito – me llevo las manos a la cara y me dejo caer contra la pared. Error. Calculé mal. Pésimo. El sujetador de toallas se me entierra entre las costillas. Soledad suelta una risita burlona al ver mi mueca de dolor. – Ven, vamos a dormir antes de que te mates. La conce no tiene ni botiquín en este sucucho, así que voy a tener que ponerte esto no más – dice sacando un pañuelito desechable de su bolsillo.

Me siento tan como las pelotas, que ya todo me da lo mismo. Menos mal que no tengo ganas de vomitar. 

Me lleva a la pieza de Virginia, la hermana de la Conce. Me tumbo en la cama y reboto un par de veces antes de quedar completamente inmóvil. Si los papás de la Concepción tienen tanta plata ¿cómo no les pagan una nana a estas pendejas para que les ordene de vez en cuando? Me doy vuelta para quedar de espalda, estirando brazos y piernas para ocupar la mayor parte de la cama de dos plazas y veo a la Soledad, a contraluz, con el resplandor dorado que entra por la puerta enmarcando su figura de contornos suaves. Pienso que estaría mucho mejor si fuera Concepción la que se dedicara a sacarme las zapatillas ahora. Escucho a la Sole murmurar algo de ser siempre la niñera de la manga de taraditos, pro los ojos se me cierran solos.





El departamento está a oscuras. Siento la respiración de la Concepción tan cerca que puedo oler su perfume mezclado con vodka. Me acerco un poco más pensando en la cabaña del verano y la botellita dichosa. Respiro el mismo aire que sale de boca pequeña, pero su respiración no es el vaivén de los que sueñan profundo… alzo la vista. La Conce me mira con los ojos entrecerrados que son como la boca de un lobo detrás de un mechón de pelo oscuro. Su lengua salva el espacio mínimo que la separa de mí y su tibia humedad refresca mis labios sedientos.

De pronto me hago conciente de lo que pasa. Pienso la homofobia de Bardo y en el miedo que me da besar a Concepción, pero ella no es Concepción. Esa sonrisa de diablillo y esos ojos siniestros no son suyos.

Exhalo con cuidado de no separarme de la viborita que me une a Soledad. Cierro los ojos y dejo mi mente en blanco para responder a su caricia. Olvido hasta cómo respirar.

Algo de mueve entre las sábanas hasta que la Sole se encuentra con mi cintura, mas no basta sino un roce para que yo acceda a su petición tácita, que más bien es una orden. El nido de serpientes entre nosotras colapsa, implosiona, crece llenándome la boca.

Empiezo a desesperarme. La Sole no me deja respirar. Intento alejarla, pero ella se pone sobre mí. Sus piernas se enredan con las mías en busca de un punto de apoyo y cuando lo encuentran, se yergue sobre mí sonriendo.

Ya no pasa ni un solo auto por la avenida, que está cuatro pisos más abajo. No quedan música ni vasos quebrándose, ni siquiera un segundero imprudente que lacere el silencio. Ella se cierne sobre mí una vez más; su mano repta bajo mi polera y entierra sus uñas sobre mis costillas machucadas. Doy un grito que deja de ser antes de salir de mi boca. Ella palpa la hinchazón con cuidado, la mide, calcula su temperatura con una precisión médica. Luego baja hasta el borde de mis pantalones.

Tomo su muñeca con fuerza y para mi sorpresa, ella no lucha, simplemente se detiene. Miro sus ojos que sonríen como si estuviera haciendo quizás qué cosas. Yo también sonrío y su mirada se congela.

Suelto su mano y tomo su cintura, a la vez que me doy un impulso y en un segundo la cazadora se vuelve presa. Ambas aguantamos la respiración, escuchando atentamente, pero lo único que se oye son los ronquidos del Bardo en la pieza contigua. Hundo mis propias uñas en su carne, como si quisiera hacerle daño. Acerco mi boca a su oído apoyando todo mi peso en su pecho.

- Pórtate bien, Sole. Mañana hay que levantarse temprano – susurro. Ella asiente con sus ojitos abiertos de par en par.



La luz blanca de la mañana me da directamente en la cara. Intento abrir los ojos, pero el sol me lacera las pupilas.

- ¡cierra las cortinas, carajo!

- Nada de cierra las cortinas. los papás de la Conce llegan en una hora y hay que terminar de ordenar. La Conce y yo ya lavamos todo, el bardo se fue. Sólo falta que tú te duches.

- ¡Cresta! ¿Porqué no me despertaste antes, Soledad?

- ¡ja! Como si hubiera sido posible

- Se me parte la cabeza

- Toma – me dice y me extiende un vaso de agua y media Mentix – la Conce le dijo a los tíos que nos habíamos quedado a hacer un trabajo pero que nos habíamos acostado temprano.

- Será – y me tomo el agua como si fuera la útima gota sobre la tierra.