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domingo, 31 de julio de 2011

La dama y el oso

Ivonne estaba apoyada sobre un auto gris, cabizbaja y de brazos cruzados. El estacionamiento subterráneo estaba desierto salvo por unos poco autos que pertenecían a los funcionarios nocturnos del centro comercial. Gael, cerca de ella, la miraba con el rostro desencajado.

-!... Estaba aturdida! A mi alrededor sólo se oían disparos, gritos, rugidos sobrenaturales. Intenté levantarme a duras penas. "Shhh…" sentí cerca de mi oído. Mangosta me abrazaba contra su pecho, estábamos refugiados temporalmente detrás de una columna de cemento caída. Sentía su férreo abrazo como siempre me lo había imaginado: una tibia frialdad en sus músculos muertos "Quédate aquí, voy a por el azote" y después de darme un beso en los labios, me dejó. Me recosté sobre el asfalto mientras Mangosta saltaba con una agilidad que tú, cachorro, hubieras creído imposible para su tamaño. El eco era ensordecedor, el enfrentamiento, decisivo: Si salíamos bien parados, la camarilla nos dejaría en paz por mucho tiempo. ¿Tienes idea de cuánto es “mucho” tiempo para un cainita? Pero lo logramos, aunque a la larga descubrimos que el precio d la victoria había sido demasiado alto. Con el tiempo descubrirás que siempre lo es. Aquí estás ahora, sobre el lugar exacto en el que sucedió. Después de todos estos años, la camarilla está volviendo a girarse sobre el molesto nido de mosquitos que los sangre débil somos para ella. Hubiéramos estado perdidos sin la ayuda de los Extranjeros y las Serpientes… sobre todo de los Extranjeros.

Ivonne se paseaba sumida en sus propios recuerdos. Una expresión de dolor cruzó sus rasgos adolescentes. Gael la dejaba pasearse, apuntar y acariciar los agujeros de bala en algunos de los pilares que habían sobrevivido a la batalla campal.

- Ahí sobre el suelo mi carne se iba regenerando hasta que pude sentarme y asomarme por sobre el montón de escombros a medio pulverizar que me resguardaba. Vi un oso enorme parado sobre las patas traseras, las balas rebotaban sobre su lustroso pelaje negro y rugía con una fuerza estremecedora. Le dio un zarpazo al Azote que le voló la mitad de la cara, dejando a la vista una hilera de dientes afilados y una cuenca vacía. La mejilla de Verónica se repuso rápidamente, pero su ojo izquierdo no tuvo tanta suerte. Su elegante traje escarlata estaba manchado y desgarrado, y las ráfagas de balas se sucedían una tras otra. Podías escuchar los gritos de agonía y oler en el aire las cenizas de los que habían encontrado la muerte definitiva; había cuerpos de sirvientes ghoul repartidos por todos lados… 

Gael tragó saliva. No podía terminar de imaginarse el infierno que Ivonne describía. En los pocos años que había pasado a su lado, siempre había escuchado el nombre de Mangosta de muchos otros vástagos; todos hablaban del guerrero formidable que era y lamentaban su pérdida, algunos sólo como un tanque para la batalla, pero la mayoría como compañero y líder de cuadrilla, sin embargo nadie se atrevía a nombrar el episodio de su muerte en frente de su ama.

- Quedaban pocos combatientes en ambos bandos -prosiguió ella- mis heridas más importantes habían sanado y ya había recuperado fuerzas suficientes como para volver a pelear. Desenfundé garras y dientes y me arrojé aullando sobre el primer vástago que se cruzó en mi camino. A pesar de que ya casi no tenían reservas de vitae, los enemigos seguían siendo demasiados, pero nosotros no estábamos luchando por un príncipe sentado en su trono, sino por el derecho al territorio y a la sangre. Eso y el hecho de no temer a la muerte definitiva nos hacía guerreros temibles. 

Finalmente los hicimos retroceder. Verónica estaba malherida al igual que Mangosta. Creo que todos pensamos que no había sido tan malo, pero la sonrisa retorcida del Azote debió habernos avisado que lo peor aún estaba por venir. Mangosta estaba al límite de sus fuerzas al punto que no pudo sostener más su forma animal. En poco segundos, el oso bajó su estatura, el abundante pelaje negro desapareció y las magníficas garras se redujeron a la mitad de su tamaño. El hocico se volvió plano para dar paso al rostro fuerte de Mangosta. Fue cuando Verónica sonrió. Pude verlo en sus ojos, sentí el frío descender sobre el cabello negro de mi mentor

La voz de Ivonne se quebraba a ratos. Se había detenido junto a una de las columnas y apoyaba su hombro derecho contra ella, de espaldas a Gael, que apenas se atrevía a respirar para no interrumpir a su señora. Sentía irradiar su dolor, rebotar junto al eco de sus palabras, llenar el inmenso estacionamiento subterráneo en el que se hallaban. Repentinamente ella se giró y descargó un puñetazo sobre la columna. El concreto se quebró y liberó una pequeña nube polvo. Algunos autos que había estacionados cerca de allí encendieron sus luces un momento amenazando con comenzar a tocar sus alarmas.

- ¡Corrí, lo juro!, corrí con todas mis fuerza pero me encontraba tan débil. Verónica atravesó el pecho de mangosta con esa gracia que le has visto en batalla, como si no le costara ningún esfuerzo. No sé de dónde sacó la fuerza para hacerlo, quizás sólo estaba aparentando estar malherida, quizás sólo era la desesperación de la derrota, o su orgullo que se negaba a perder sin llevarse a nadie consigo. La sangre de Mangosta chorreó espesa por su brazo, perdiéndose en el escarlata de su traje. Mangosta trastabilló, su cabello negro pegado a la cara. Y me vio correr, lo sé. Pero él sabía tan bien como yo que nunca llegaría a tiempo. Verónica sacó sus garras del interior de Mangosta dejando un manantial de vitae correr libremente por el suelo. Él dio un paso atrás en un último esfuerzo por no caer. 

Gael ¿sabes qué criterio usa el príncipe Marinkovic para elegir al Azote?

Gael apenas movió su cabeza un milímetro a la izquierda y dos a la derecha.

- Él nombra al vampiro más ágil y más fuerte, alguien que tenga habilidades como estratega, que sea eficiente y discreto. La lealtad de los subordinados no es algo de lo que los vástagos tengamos que preocuparnos… pero un Azote nombrado por Marinkovic debe tener una capacidad innata para la crueldad. Verónica tiene todo eso y más. Así que usando ambos brazos, ella levantó a Mangosta por sobre su cabeza con un grito feroz. Di un salto para embestirla por la espalda, pero una bala me alcanzo en la cadera y caí irremediablemente junto a sus tacones altos. Fue entonces cuando 3 cosas sucedieron al mismo tiempo: alcancé a duras penas a darle un zarpazo al tobillo de Verónica, lo que la desequilibró, el grito de Mangosta se apagó, y una mezcla de sangre y ceniza comenzó a caer sobre ambas, adversaria y amante. 

Esa gran batalla tuvo consecuencias paradójicas: La pérdida de Mangosta nos golpeó más duro que todos los años de persecución juntos; y la derrota de la camarilla fue poco más que insignificante. Verónica recuperó su orgullo con grandes dosis de violencia, y aunque no pudo recuperar la vista de su ojo izquierdo, no perdió su posición ni su vida. 

En cambio Mangosta nunca volverá.

Gael sintió cómo el eco subterráneo de ese “nunca” se extendía ante Ivonne junto a la eternidad de las noches vacías, se enredaba en las ondas de su pelo, anidaba en sus cicatrices plateadas, y una lágrima de compasión rodó por su mejilla

jueves, 7 de julio de 2011

There's something rotten in within

Es invisible a primera vista, pero si te acercas sólo un poco puedes ver cómo el pus escurre por las mejillas, escapa por los oídos, se desliza bajo las uñas hediondo y amarillo. Se mezcla con lágrimas y besos, la mente una fosa de agua estancada, abyecto nido de moscas infectas; me ahogo en ese líquido pútrido cuando algo roza la herida supurante de mi corazón.

Quién dirá ahora que yo no tengo la culpa? Soy culpable de conocerme y a través de mí, conocerte a ti, Ser Humano cruel, impío, ignorante de cualquier sobriedad. No somos polvo de estrellas, sino carroña de dioses! No somos los inocentes retozantes del Elíseo. Somos hijos de traidores y prófugos, asesinos, mentirosos y no muertos.
Los dioses han de mirarnos con desprecio si alguna vez vuelven sus órbitas magnificentes hacia la obra retorcida de su aliento.

Nos arrastramos por el páramo de la existencia, unos más podridos que otros; algunos conscientes, entregados al tormento del no descanso de sus bajos instintos; los demás, supurando en silencio, ciegos y sordos de su fetidez, riendo incansablemente con expresión obtusa. Secos. Insulsos.

Qué puede quedar para lo ansiosos de una mente límpida? babear sobre nuestro pechos esforzándonos por acompañar a los otros en su nulidad, vomitar nuestra podredumbre entre maldiciones escupidas hasta el séptimo infierno en lo momentos en que no podemos mantener los ojos cerrados? Tomar a las bestias dotadas de inteligencia suprahumana como maestros y entregarnos a la desesperación, renunciar a cualquier esperanza de amor...?