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miércoles, 19 de octubre de 2011

Azul cielo


"Cuéntame una historia" le pedía ella, y él se la llevaba a correr al mundo que construía a partir de los jirones de la imaginación de los dos.





lunes, 3 de octubre de 2011

El valle del fin del mundo

No se dio cuenta de lo que había quedado dentro de la torre de cristal sino hasta mucho después de haberla terminado, mientras subía las escaleras del tercer piso y vio un reflejo inusual a través d una de las paredes. Por supuesto que se podía ver a través de las paredes de la torre, pues toda ella era completamente transparente si estabas lo suficientemente cerca. Desde lejos, en los días nublados podías ver una maravillosa construcción azul como el zafiro más fino; y cuando el astro rey iluminaba briosamente el valle, un resplandor diamantino te obligaba a entrecerrar los ojos. Sin embargo, el mejor momento para subir a uno de los cerros cercanos y quedarte a soñar mirando la torre era cuando el cristal reflejaba las nubes arreboladas ribeteadas de oro sobre el manto rosa del atardecer. Se apresuró a subir hasta el final de las escaleras y entró en la primera habitación a la derecha del cuarto piso.

Se encontró con una mujer vestida de blanco cuyos ropajes resplandecían en contraste con su cabello oscuro y liso como el ala de un cuervo. Canturreaba una alegre canción infantil mientras bordaba un sol dorado sobre un estandarte azul. Levantó sus ojos al escucharlo entrar y sonrió radiante:

- ¡Ya casi lo he terminado!- exclamó. Él, sin palabras, sólo asintió anonadado por el descubrimiento de aquella muchacha en su torre. -¡Alas! ya vete, que no me dejas concentrarme…- lo reprendió luego de forma alegre y sin ninguna explicación sobre qué hacía allí o cómo había llegado sola, siendo que la única frontera del valle que no estaba cercada por altas montañas terminaba en un abismo del que no se podía ver el fondo, por donde el agua del río caía hacia el infinito, hasta el hogar de los dioses, como le gustaba pensar a él -…vuelve mañana y estará listo.

Cuando volvió la tarde siguiente no encontró a nadie en el cuarto piso: la habitación estaba vacía y transparente como cuando la había construido, así que se convenció de que había sido una jugarreta de su mente, producto de la soledad, y en los días que siguieron sus pensamientos no volvieron a divagar sobre la aparición de la niña misteriosa. Fue durante la siguiente luna, paseando como todos los días por su adorada torre, que creyó oír una melodía mientras subía las escaleras del quinto piso. Al llegar arriba, entró por la primera puerta que encontró a su derecha y ahí estaba ella una vez más, con los brillantes ojos verdes chispeando sobre las suaves pecas que adornaban su nariz.

- ¡Ya está todo listo!- exclamó entre risas y le entregó una sobrevesta, un estandarte y un faldón para su jamelgo -Ve, debes patrullar esta torre y asegurarte de que ningún villano intente destruirla- Le hizo dar media vuelta y lo empujó fuera de la estancia con tal ímpetu que casi lo arroja escaleras abajo. Él quiso protestar, preguntar, reaccionar de alguna manera, pero antes de darse cuenta, tenía las escaleras a sus pies y la puerta transparente a su espalda se había cerrado dejando una nota clara vibrando por todo el quinto piso.

El caballero azul patrulló la torre por veinte años antes de subir por última vez al séptimo piso de la torre donde exhaló su último suspiro con la cabeza sobre la falda blanca de la niña que no había envejecido ni un solo día, no había dejado de bordar ni de cantar, y tampoco había dejado de aparecer cantando cada luna nueva durante las últimas dos décadas.