Pienso en un hombre de pelo largo. Su camisa de lino ondea
al viento, la piel morena y el cabello oscuro contrastan con la placidez nívea
de la prenda. La capa de viaje descansa sobre su hombro, verde como sus ojos.
El hombre observa un valle desde lo alto de una colina. Atardece. Está cansado,
igual que su caballo. Piensa en un techo bajo el que dormir, aunque sea sobre
un montón de paja. La cálida brisa de otoño hace susurrar los árboles del
valle, las hojas que penden sobre su cabeza han comenzado a cambiar de color. Palpa
la flauta que lleva bajo el brazo: su única compañera fiel, la proveedora de
sustento, de vida, de amor. Atardece en el valle. Las sombras se alargan y la
luz dorada del sol de otoño acaricia su rostro. Abajo, los chicos entran a sus
casas, las mujeres recogen leña, los hombres llegan de los campos cubiertos de
polvo y de sudor, besan a sus esposas y cenan junto al fuego del hogar. Él sabe
que nunca tendrá eso, porque prefiere mantener la ilusión del cuadro perfecto
que observa desde las alturas: no es más que un forastero cualquiera para
cualquiera de ellos ahí abajo. Las chicas florecerán y envejecerán en su valle,
tendrán hijos de la misma manera que sus madres y sus esposos las besarán y
comerán igual que sus padres. Con un poco de suerte, esa noche besará a una o
dos y les prometerá el trabajo, los hijos y las cenas que ellas quieren.
Prometerá y mañana, o quizás incluso la mañana después de aquella partirá
silencioso, desapercibido, tal como llegó, apartará el pelo de niña de su
frente con un beso y su voz buscará un nuevo valle, una nueva taberna, una
nueva mujer. Estos serán los últimos días cálidos que se darán este año. La
época difícil está por llegar, pero esas ideas no hacen nidos en su mente.
Pasará la cálida tarde tocando por el placer propio y las monedas de los
parroquianos y la fresca noche amando a una campesina de ojos castaños y
cabello alborotado, y al día siguiente ya se verá. El viento hace ondear la
capa verde y él entrecierra los ojos del color de las hojas de primavera. El
sol arroja su último rayo agonizante en forma de oro puro, iluminando la piel
morena del esbelto cuello del hombre. El crepúsculo se abre paso con su manto
de semioscuridad en el valle. Las hijas de los campesinos encienden velas en
dentro de las casas. Pareciera que el valle se rehúsa a dejar ir ese último
rayo dorado de sol que ahora se escurre por las rendijas de cada habitación. El
caballo está cansado y cubierto de polvo, pero aun avanza ante la petición de
su amigo, que es casi una súplica. Él también está cansado, pero este último
tramo significa que ambos podrán comer y dormir bien dentro de poco. El bardo
se aclara la garganta y le arrebata unas notas claras a la flauta que quedan
vibrando entre las hojas amarillas que cubren el sendero como una tupida
alfombra feérica. La camisa ya no ondea, la capa sólo se mueve al ritmo del
andar cansino del animal. El hombre suspira con el pecho pesado de melancolía.
Tal vez encuentre en esta aldea lo que busca, o tal vez nunca lo haga.
