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miércoles, 25 de abril de 2012

Añoranza

AMO esos besos tibios, húmedos y suaves en medio de la oscuridad de tu alcoba. AMO la forma en que tus brazos envuelven mis hombros en la densidad incorpórea de nuestras sábanas. AMO la decisión de tu espíritu, la sonrisa en tus ojos, la cascada de dulzura que cae de tus labios cuando dices que me amas.
AMO la forma en que amas, la silueta de tus dedos, el sabor de tus palabras, el sol que se esconde bajo tu lengua. AMO la forma en que te haces ángel en mí, cómo despliegas tus alas en mi cintura, cómo brillas en esos instantes profundos y fantasmales de nuestras horas; pero sobre todo, amo la manera en que me haces sentir luna, estela y río, princesa y bestia, pluma y vapor.

lunes, 23 de abril de 2012

El Prisionero en el Lago


“¡Soy la tormenta! Soy la fuerza avasalladora que destruye todo a su paso, soy el fuego purificador que da lugar para el nacimiento de lo inmaculado. Reverénciame y permanecerás. Desafíame y arrancaré las hojas de tus ramas y tus raíces de la tierra.”
Mailén recitaba la Oración del nuevo comienzo, con la esperanza de que eso le ayudara a atenuar el dolor de haber perdido a su prometido. Aunque habían pasado varias lunas desde que su Nahuel había marchado hacia las Estancias de la Gloria de los Guerreros, no lograba aceptar el hecho de que ya nunca volvería a verle entrar a la aldea, altivo y victorioso después de la batalla. Un asunto de honor no había terminado nada bien: había tenido que batirse a duelo con el jefe de un clan vecino. Su contrincante había perdido un ojo y la movilidad de una pierna; Nahuel había perdido la vida con una daga atravesándole la garganta. El resto de la familia caída en desgracia, había huido de la aldea dos noches después.
Soy la tormenta…
Como la mayoría de las lentas tardes de verano, Mailén salía a buscar moras a la orilla del arroyo, para luego darse un refrescante baño y dormir una siesta sobre la arena mientras se le secaba el cabello. Esa tarde tuvo sueños violentos que traían presagios confusos, y una corriente de aire helado la despertó cuando ya oscurecía. Lo primero que pensó fue que debía ir a casa y calentar la merienda de Nahuel, pero luego recordó que su prometido estaba disfrutando el Festín eterno de los guerreros. Entonces decidió consultar sobre sus sueños a la anciana bruja Nuke apenas regresara. Recogió sus ropas y se vistió deprisa porque tenía frío; una vez cubierta su desnudez no quiso volver a la choza de sus padres, sino que prefirió ir a mirar las estrellas en la cima de la quebrada desde donde caía una pequeña cascada que alimentaba la laguna. Una vez arriba, dejó que sus pies colgaran desde una roca con sus deditos rozando apenas el agua que corría vigorosamente en ese lugar.
Soy la fuerza avasalladora que destruye todo a su paso…
Cerca de medianoche, ya soñolienta, Mailén se dispuso a regresar a la aldea. Al levantarse vislumbró un destello dorado y un extraño  agitarse de aguas allí donde caía la cascada. Arrebatada por la curiosidad, bajó corriendo y se detuvo a la orilla de la laguna. Algo resplandecía cerca del fondo, como si una estrella o una preciosa joya se hubiera caído al agua. Sin titubear, se desnudó nuevamente y nadó hasta el centro del lago. Se sumergió completamente para investigar más de cerca, pero el destello había desaparecido. De pronto  algo asió uno de sus tobillos y la arrastró con fuerza sobrehumana hasta el fondo rocoso debajo de la cascada. Se sintió arrojada fuera del agua, sobre un suave prado que amortiguó su caída. Asustada, y aún tosiendo agua de vertiente, se apartó el cabello mojado de la cara para encontrarse en una gruta suavemente iluminada donde algo, que Mailén no lograba entender, evitaba que entrara el agua. La luz de las estrellas afuera se reflejaba a través de la pared líquida por donde ella había entrado y bañaba la estancia con una irregular luz verdosa.
—¿Estás bien? —Escuchó una voz varonil detrás de sí. Ella se volvió sobresaltada para encontrarse con la visión de un joven tan sólo unos años mayor que ella, casi de la edad de su Nahuel—¿Te gusta mi casa? —El joven sonrió. Llevaba un collar de esos que distinguen a los esposos, pero hecho de algo parecido a las escamas de un pez muy grande.
—¿Quién eres? ¡No deberías traer muchachas solteras a tu casa cuando estás solo! —Mailén quiso sonar severa, pero había algo en los cabellos oscuros y la piel cobriza del joven que le hacía perder su decisión.
—Soy Aukimán. Te vi hoy sobre la cascada y quise invitarte a conversar. Me aburro tanto por las noches, que pensé que te gustaría hacerme un poco de compañía.
—¿Y no se te ocurrió preguntarme antes si yo así lo quería?
—¿Quieres? —Aukimán le ofreció su mano. Mailén pensó que nada malo podía venir de esa sonrisa que parecía eterna.
—Me encantaría, pero debo volver a mi aldea, ya es muy tarde.
—Bueno, quizás puedas volver mañana a buscar esto —Aukimán sacó de detrás de una roca un bulto marrón y negro que meció frente a los ojos de Mailén.
—Oye, ésa es mi ropa, ¡tienes que devolvérmela!
—No. Puedes venir por ella mañana, así sabré que no faltarás.
Mailén rió divertida —No es necesario que me hagas volver a casa desnuda para asegurarte de que vendré mañana. Te prometo regresar apenas caiga la noche.
—¡Excelente! —la sonrisa de Aukimán se ensanchó, al tiempo que escondía el bulto de ropa detrás de su espalda—Ahora ve, tus ropas están donde las dejaste, no quiero que las mojes.
Soy el fuego purificador que da lugar para el nacimiento de lo inmaculado…
La mañana siguiente, Len había despertado con la cabeza hecha un torbellino de sueños perturbadores y jóvenes maravillosos, así que decidió ver a la anciana bruja lo antes posible.
—… ¿Y dices que llevaba un collar de matrimonio hecho de escamas? —Preguntó la vieja mirando a Len a través de su tocado hecho de monedas de plata. Len asintió con los ojos muy abiertos—Cuando era apenas una muchacha—continuó la vieja—, mi madre me contaba que el año que yo nací, un espectro que vivía en esa laguna se había llevado a un muchacho llamado Aukimán. Contaba que lo había engatusado con su voz para que se casara con ella y al ponerse los collares de esposos, ella lo había encantado para que no perdiera nunca su belleza y juventud. Pero Aukimán era un hermoso joven libre, y el espectro comenzó a sentir celos del sol que lo alumbraba y del viento que  acariciaba sus cabellos. Entonces, una tarde lo arrastró hasta el fondo de la laguna donde nadie nunca más pudiera verlo. De esto, si como mi madre solía decir sucedió el mismo verano de mi nacimiento, ya han pasado casi 50 años. Cuando era joven como tú, Len, a veces me iba a observar el agua todo el día a ver si asomaba sus ojos negros por sobre la superficie del lago, pero nunca vi nada y terminé pensando que ambos habían muerto o que el espectro se había llevado a su esposo a otro lugar.
—¿Crees que deba volver, Nuke?
—Mi visión no alcanza a descifrar lo que tus sueños quieren decirte sobre Aukimán y su captora, pues estás lidiando con poderes mucho más allá de mis capacidades. No puedo ayudarte, lo lamento. Todo cuanto puedo decirte es que quitarle el collar a Aukimán lo liberará de su voto con el fantasma, pero lo que pueda pasar después de eso es incierto.
—Tengo miedo, Nuke. Por alguna razón Aukimán me recuerda a mi Nahuel.
—Quizás es la forma que los dioses te están ofreciendo para saldar la deuda con tu prometido. Ten cuidado de no profanar el voto sagrado: recuerda que la separación está permitida, pero el adulterio te ganará el desprecio de todos, en este mundo y en todos los otros.
—Lo sé, Nuke, lo sé.
Reverénciame y permanecerás…
Al anochecer, Mailén corrió en dirección a la laguna armada con uno de los cuchillos ceremoniales bendecido por Nuke. Sobre la arena húmeda, una vez más, Mailén se quitó sus ropas, pero antes de entrar al agua, pintó su cara con los símbolos que daban fuerza y valor a los guerreros en batalla y así, como una sacerdotisa del dios Cazador, se zambulló en busca del resplandor dorado. Nuevamente, cerca del centro de la laguna, Aukimán la tomó de los pies y la trajo hasta su guarida. Esta vez, Mailén estaba preparada y no cayó de espaldas, sino sobre sus pies y manos, como se les enseñaba a todos los niños de la aldea apenas comenzaban a caminar.
—Aprendes rápido, niña— se rió Aukimán—. ¿Por qué parece que vas a la guerra?
—Voy a liberarte de ese collar y de tus votos con el espectro.
Aukimán abrió mucho sus ojos, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, pero rápidamente volvió su eterna sonrisa
—No sabes lo que dices, jovencita. Tengo tantos años como puedas imaginar y dejé de intentar escapar aún antes de que tú nacieras. No puedo salir de aquí, y si alguien además de mí mismo llegara a tocar este collar, Vilko despertaría de su sueño ¡Y sólo los dioses saben qué podría pasarnos si eso sucediera!
—¿Entonces ese espectro está aquí?
—No en esta gruta. Hace diez años que duerme bajo la arena del fondo de la laguna, pues agotó sus fuerzas tratando de cambiar su naturaleza espectral para que pudiéramos tener hijos. Nunca lo logró, y además ya no tenía energía vital para mantener su máscara de belleza. Créeme, su forma real le quitaría a cualquier hombre las ganas de retozar con su esposa — Aukimán se iba acercando distraídamente a Mailén, que se había sentado sobre el prado—En cambio tú —prosiguió él en voz baja—, me recuerdas lo que pude haber tenido de no haberme dejado engañar por esa bruja. —Mailén, con las mejillas arreboladas acarició los labios de Aukimán con la punta de sus dedos. Él, como si algo lo hubiera asustado, se apartó con un ademán violento.
—Sabes que esto podría condenarte a una eternidad de desprecio. Aun así, podrías ser la única conexión que tendré con cualquier ser vivo o muerto de aquí al resto de la eternidad. Los dioses desgarrarían mi alma, pero antes Vilko nos destrozaría a ambos.
—Sólo quiero sentir el tacto de tu piel por un momento —susurró Mailén y se arrojó a los brazos de Aukimán con un movimiento que a él le pareció extraño, antinatural. Se dio cuenta demasiado tarde de que ella sostenía un cuchillo bendito en su mano derecha, Trató de desasirse, pero era demasiado tarde. Con un movimiento fulminante como el rayo, Mailén había cortado las amarras del collar de Aukimán, cuyos ojos desorbitados seguían la ruta de las escamas mientras caían al suelo entre los dos. Su sonrisa se había transformado en una mueca de sorpresa mientras su piel empezaba a palidecer. Al tiempo que el collar golpeó el suelo y se hizo añicos como si se tratara del cristal más delicado, los brazos y piernas del joven se habían adelgazado y su carne se había secado. Los  párpados retrocedieron y las esferas de los ojos se hundieron dentro del cráneo hasta que sólo fueron finas cenizas, como el resto de su cuerpo.
Desafíame y arrancaré las hojas de tus ramas y tus raíces de la tierra.
Mailén, inmóvil por lo que acababa de ver, al principio no sintió el leve temblor con el que se agitaba la caverna, pero una vez que la entrada de agua de la gruta comenzó a agitarse violentamente, Mailén se puso de pie de un salto y se aferró a su cuchillo, que ahora le parecía insignificante. “¡Maldita chiquilla!” se escuchó una voz chillona y profunda que parecía venir de las mismas paredes de la gruta “¡Mataste a mi esposo!” el agua de la entrada burbujeaba y oleaba desafiando todas las leyes de la naturaleza, hasta escupir una masa verde que comenzó a tomar forma. Tenía el tamaño de un puma joven, era viscosa y no del todo líquida. Primero creció brazos, mientras comenzaba a emitir una especie de jadeos, Mailén se apretaba contra la roca de la pared más alejada de la entrada, horrorizada por la visión física del espectro. Mientras se arrastraba en dirección al collar destrozado, un ojo inyectado en sangre, y luego otro, aparecieron en medio de la masa, seguidos de lo que parecía una cabeza. La porción de materia a la que estaban pegados los brazos se hizo un poco más sólida y tomó una forma que recordaba ligeramente a un torso “Maldita chiquilla” susurraba una y otra vez el espectro entre jadeos, alcanzando al fin los trozos del collar que había llevado Aukimán. Al tocarlos, las escamas de cristal se volvieron a juntar y la criatura se lo anudó al cuello con un movimiento rápido y tembloroso.
—Aukimán ya no te pertenece… Lo-Lo he liberado de tu yugo— La voz de Mailén era apenas un hilo del que colgaba su entereza.
Una vez con el collar puesto, la criatura pudo terminar su transformación: bajo los ojos se abrió una boca de pequeños dientes afilados y en el lugar donde debían ir las orejas, aparecieron sendas agallas que se abrían y cerraban de forma grotesca. La piel se solidificó  húmeda sobre la anterior viscosidad, y en lugar de piernas, se materializó una cola sudorosa y sin aletas, como de anguila.
—¡Ahora te enviaré a pasar el resto de la eternidad con mi Aukimán, como querías, maldita zorra! —Chilló Vilko mientras la pared de agua finalmente cedía y llenaba estrepitosamente la gruta. Mailén, indefensa ante las fuerzas brutales de la naturaleza, intentó nadar hacia la entrada, pero la violencia de la tromba de agua la arrojaba siempre contra la fría roca. Su cuerpo bailaba como una marioneta rota en manos de un orate, la corriente levantaba arena que arañaba su piel y oscurecía el agua ocultando la luz de las estrellas. Con los ojos cerrados y dejándose vapulear por la corriente, elevó una última plegaria a su prometido para que la recibiera en el salón de los guerreros. En medio de la oscuridad, el crujido de sus huesos arrojaba dagas de dolor contra su carne hasta que fue incapaz de controlar la necesidad de aire en sus pulmones, abrió la boca y aspiró la mezcla de arena y agua que la envolvía. Esta vez el dolor entró a raudales en su pecho y hundió su vista en una niebla roja y negra para luego cesar definitivamente.
En la aldea, Nuke sintió en su corazón la magia que se escapaba del cuchillo que le había regalado a Mailén y supo que no volvería a ver a la muchacha. En silencio, rezó por los espíritus del hombre encantado y la niña guerrera para que ambos encontraran paz en el siguiente mundo.
Mailén se encontró todavía dentro del agua, observando su cuerpo magullado, el rostro desfigurado y su brazo derecho doblado en un ángulo imposible. Ya no sentía dolor ni frío, ni el roce del agua contra piel. Intentó aguantar la respiración, pero se dio cuenta de que no era necesario, que no sentía sus pulmones pedir aire ni su corazón latir. Los pies de su carne mortal estaban envueltos en un destello dorado que parecía arrastrarla lenta y suavemente hacia el fondo del lago, hasta que finalmente su cuerpo reposó en un lecho de algas y corales multicolor. El destello tomó la forma de un muchacho de piel morena que besó su frente y los dedos de sus manos y luego desapareció en el verdor de las aguas iluminadas por las estrellas.

Grifos nocturnos

Como una mariposa rota se golpeaba contra el cristal de su indiferencia. Los silencios vacíos después de sus palabras y la negación eterna de sus pensamientos fueron transformando su sonrisa en un escudo vasto, enfriando su pasión, agotando sus ganas. Ahora era su momento de decir que no: las súplicas se aplastaron contra su fortaleza como antes lo habían hecho sus palabras risueñas. Las disculpas no hicieron más que manchar su armadura reluciente por la espalda: una ataque cobarde, y ella detestaba a los cobardes por sobre todas las cosas; por supuesto que un acto cobarde no hace cobarde a un hombre, pero en ese momento no toleraría siquiera el asomo de la duda. La acera se abrió ante sus pasos pesados, seguros; sus alas de mariposa se volvieron largas plumas y sus pies, poderosas zarpas, sus labios ahora eran duros y afilados. Corrió, corrió con el viento en las plumas, con las luces de la ciudad en los agudos ojos. Ya habrá tiempo para lamentarse las despedidas, esta noche es para correr, volar y descansar. Mañana será para llorar, mañana el cielo estará gris y el cemento volverá a cubrir la ciudad. Mañana el orgullo soltará las cadenas del corazón y todo el cuerpo se estremecerá en un sollozo. Mañana volverá a ser una mariposa de alas rotas estrellándose contra el cristal de su indiferencia, anhelando la luz de su sonrisa.