AMO esos besos tibios, húmedos y suaves en medio de la oscuridad de tu alcoba. AMO la forma en que tus brazos envuelven mis hombros en la densidad incorpórea de nuestras sábanas. AMO la decisión de tu espíritu, la sonrisa en tus ojos, la cascada de dulzura que cae de tus labios cuando dices que me amas.
AMO la forma en que amas, la silueta de tus dedos, el sabor de tus palabras, el sol que se esconde bajo tu lengua. AMO la forma en que te haces ángel en mí, cómo despliegas tus alas en mi cintura, cómo brillas en esos instantes profundos y fantasmales de nuestras horas; pero sobre todo, amo la manera en que me haces sentir luna, estela y río, princesa y bestia, pluma y vapor.
!Bienvenido a mi mente! Detesto cuando confundo la silla de mi pegaso con la de mi unicornio.
miércoles, 25 de abril de 2012
lunes, 23 de abril de 2012
El Prisionero en el Lago
“¡Soy la tormenta! Soy la fuerza
avasalladora que destruye todo a su paso, soy el fuego purificador que da lugar
para el nacimiento de lo inmaculado. Reverénciame y permanecerás. Desafíame y
arrancaré las hojas de tus ramas y tus raíces de la tierra.”
Mailén
recitaba la Oración del nuevo comienzo, con la esperanza de que eso le ayudara
a atenuar el dolor de haber perdido a su prometido. Aunque habían pasado varias
lunas desde que su Nahuel había marchado hacia las Estancias de la Gloria de
los Guerreros, no lograba aceptar el hecho de que ya nunca volvería a verle
entrar a la aldea, altivo y victorioso después de la batalla. Un asunto de
honor no había terminado nada bien: había tenido que batirse a duelo con el
jefe de un clan vecino. Su contrincante había perdido un ojo y la movilidad de
una pierna; Nahuel había perdido la vida con una daga atravesándole la
garganta. El resto de la familia caída en desgracia, había huido de la aldea
dos noches después.
Soy la tormenta…
Como
la mayoría de las lentas tardes de verano, Mailén salía a buscar moras a la
orilla del arroyo, para luego darse un refrescante baño y dormir una siesta
sobre la arena mientras se le secaba el cabello. Esa tarde tuvo sueños
violentos que traían presagios confusos, y una corriente de aire helado la
despertó cuando ya oscurecía. Lo primero que pensó fue que debía ir a casa y
calentar la merienda de Nahuel, pero luego recordó que su prometido estaba
disfrutando el Festín eterno de los guerreros. Entonces decidió consultar sobre
sus sueños a la anciana bruja Nuke apenas regresara. Recogió sus ropas y se vistió
deprisa porque tenía frío; una vez cubierta su desnudez no quiso volver a la
choza de sus padres, sino que prefirió ir a mirar las estrellas en la cima de
la quebrada desde donde caía una pequeña cascada que alimentaba la laguna. Una
vez arriba, dejó que sus pies colgaran desde una roca con sus deditos rozando
apenas el agua que corría vigorosamente en ese lugar.
Soy la fuerza avasalladora que
destruye todo a su paso…
Cerca
de medianoche, ya soñolienta, Mailén se dispuso a regresar a la aldea. Al
levantarse vislumbró un destello dorado y un extraño agitarse de aguas allí donde caía la cascada.
Arrebatada por la curiosidad, bajó corriendo y se detuvo a la orilla de la
laguna. Algo resplandecía cerca del fondo, como si una
estrella o una preciosa joya se hubiera caído al agua. Sin titubear, se desnudó
nuevamente y nadó hasta el centro del lago. Se sumergió completamente para
investigar más de cerca, pero el destello había desaparecido. De pronto algo asió uno de sus tobillos y la arrastró
con fuerza sobrehumana hasta el fondo rocoso debajo de la cascada. Se sintió
arrojada fuera del agua, sobre un suave prado que amortiguó su caída. Asustada,
y aún tosiendo agua de vertiente, se apartó el cabello mojado de la cara para
encontrarse en una gruta suavemente iluminada donde algo, que Mailén no lograba
entender, evitaba que entrara el agua. La luz de las estrellas afuera se
reflejaba a través de la pared líquida por donde ella había entrado y bañaba la
estancia con una irregular luz verdosa.
—¿Estás
bien? —Escuchó una voz varonil detrás de sí. Ella se volvió sobresaltada para
encontrarse con la visión de un joven tan sólo unos años mayor que ella, casi de
la edad de su Nahuel—¿Te gusta mi casa? —El joven sonrió. Llevaba un collar de
esos que distinguen a los esposos, pero hecho de algo parecido a las escamas de
un pez muy grande.
—¿Quién
eres? ¡No deberías traer muchachas solteras a tu casa cuando estás solo!
—Mailén quiso sonar severa, pero había algo en los cabellos oscuros y la piel cobriza
del joven que le hacía perder su decisión.
—Soy
Aukimán. Te vi hoy sobre la cascada y quise invitarte a conversar. Me aburro
tanto por las noches, que pensé que te gustaría hacerme un poco de compañía.
—¿Y
no se te ocurrió preguntarme antes si yo así lo quería?
—¿Quieres?
—Aukimán le ofreció su mano. Mailén pensó que nada malo podía venir de esa
sonrisa que parecía eterna.
—Me
encantaría, pero debo volver a mi aldea, ya es muy tarde.
—Bueno,
quizás puedas volver mañana a buscar esto —Aukimán sacó de detrás de una roca
un bulto marrón y negro que meció frente a los ojos de Mailén.
—Oye,
ésa es mi ropa, ¡tienes que devolvérmela!
—No.
Puedes venir por ella mañana, así sabré que no faltarás.
Mailén
rió divertida —No es necesario que me hagas volver a casa desnuda para
asegurarte de que vendré mañana. Te prometo regresar apenas caiga la noche.
—¡Excelente!
—la sonrisa de Aukimán se ensanchó, al tiempo que escondía el bulto de ropa
detrás de su espalda—Ahora ve, tus ropas están donde las dejaste, no quiero que
las mojes.
Soy el fuego purificador que da
lugar para el nacimiento de lo inmaculado…
La
mañana siguiente, Len había despertado con la cabeza hecha un torbellino de
sueños perturbadores y jóvenes maravillosos, así que decidió ver a la anciana
bruja lo antes posible.
—…
¿Y dices que llevaba un collar de matrimonio hecho de escamas? —Preguntó la
vieja mirando a Len a través de su tocado hecho de monedas de plata. Len
asintió con los ojos muy abiertos—Cuando era apenas una muchacha—continuó la
vieja—, mi madre me contaba que el año que yo nací, un espectro que vivía en
esa laguna se había llevado a un muchacho llamado Aukimán. Contaba que lo había
engatusado con su voz para que se casara con ella y al ponerse los collares de
esposos, ella lo había encantado para que no perdiera nunca su belleza y
juventud. Pero Aukimán era un hermoso joven libre, y el espectro comenzó a
sentir celos del sol que lo alumbraba y del viento que acariciaba sus cabellos. Entonces, una tarde
lo arrastró hasta el fondo de la laguna donde nadie nunca más pudiera verlo. De
esto, si como mi madre solía decir sucedió el mismo verano de mi nacimiento, ya
han pasado casi 50 años. Cuando era joven como tú, Len, a veces me iba a
observar el agua todo el día a ver si asomaba sus ojos negros por sobre la
superficie del lago, pero nunca vi nada y terminé pensando que ambos habían
muerto o que el espectro se había llevado a su esposo a otro lugar.
—¿Crees
que deba volver, Nuke?
—Mi
visión no alcanza a descifrar lo que tus sueños quieren decirte sobre Aukimán y
su captora, pues estás lidiando con poderes mucho más allá de mis capacidades. No
puedo ayudarte, lo lamento. Todo cuanto puedo decirte es que quitarle el collar
a Aukimán lo liberará de su voto con el fantasma, pero lo que pueda pasar
después de eso es incierto.
—Tengo
miedo, Nuke. Por alguna razón Aukimán me recuerda a mi Nahuel.
—Quizás
es la forma que los dioses te están ofreciendo para saldar la deuda con tu
prometido. Ten cuidado de no profanar el voto sagrado: recuerda que la
separación está permitida, pero el adulterio te ganará el desprecio de todos,
en este mundo y en todos los otros.
—Lo
sé, Nuke, lo sé.
Reverénciame y permanecerás…
Al
anochecer, Mailén corrió en dirección a la laguna armada con uno de los
cuchillos ceremoniales bendecido por Nuke. Sobre la arena húmeda, una vez más,
Mailén se quitó sus ropas, pero antes de entrar al agua, pintó su cara con los
símbolos que daban fuerza y valor a los guerreros en batalla y así, como una
sacerdotisa del dios Cazador, se zambulló en busca del resplandor dorado. Nuevamente,
cerca del centro de la laguna, Aukimán la tomó de los pies y la trajo hasta su
guarida. Esta vez, Mailén estaba preparada y no cayó de espaldas, sino sobre
sus pies y manos, como se les enseñaba a todos los niños de la aldea apenas
comenzaban a caminar.
—Aprendes
rápido, niña— se rió Aukimán—. ¿Por qué parece que vas a la guerra?
—Voy
a liberarte de ese collar y de tus votos con el espectro.
Aukimán
abrió mucho sus ojos, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, pero
rápidamente volvió su eterna sonrisa
—No
sabes lo que dices, jovencita. Tengo tantos años como puedas imaginar y dejé de
intentar escapar aún antes de que tú nacieras. No puedo salir de aquí, y si
alguien además de mí mismo llegara a tocar este collar, Vilko despertaría de su
sueño ¡Y sólo los dioses saben qué podría pasarnos si eso sucediera!
—¿Entonces
ese espectro está aquí?
—No
en esta gruta. Hace diez años que duerme bajo la arena del fondo de la laguna,
pues agotó sus fuerzas tratando de cambiar su naturaleza espectral para que
pudiéramos tener hijos. Nunca lo logró, y además ya no tenía energía vital para
mantener su máscara de belleza. Créeme, su forma real le quitaría a cualquier
hombre las ganas de retozar con su esposa — Aukimán se iba acercando
distraídamente a Mailén, que se había sentado sobre el prado—En cambio tú
—prosiguió él en voz baja—, me recuerdas lo que pude haber tenido de no haberme
dejado engañar por esa bruja. —Mailén, con las mejillas arreboladas acarició
los labios de Aukimán con la punta de sus dedos. Él, como si algo lo
hubiera asustado, se apartó con un ademán violento.
—Sabes
que esto podría condenarte a una eternidad de desprecio. Aun así, podrías ser la
única conexión que tendré con cualquier ser vivo o muerto de aquí al resto de
la eternidad. Los dioses desgarrarían mi alma, pero antes Vilko nos destrozaría
a ambos.
—Sólo
quiero sentir el tacto de tu piel por un momento —susurró Mailén y se arrojó a
los brazos de Aukimán con un movimiento que a él le pareció extraño,
antinatural. Se dio cuenta demasiado tarde de que ella sostenía un cuchillo
bendito en su mano derecha, Trató de desasirse, pero era demasiado tarde. Con
un movimiento fulminante como el rayo, Mailén había cortado las amarras del
collar de Aukimán, cuyos ojos desorbitados seguían la ruta de las escamas
mientras caían al suelo entre los dos. Su sonrisa se había transformado en una
mueca de sorpresa mientras su piel empezaba a palidecer. Al tiempo que el
collar golpeó el suelo y se hizo añicos como si se tratara del cristal más
delicado, los brazos y piernas del joven se habían adelgazado y su carne se
había secado. Los párpados retrocedieron
y las esferas de los ojos se hundieron dentro del cráneo hasta que sólo fueron
finas cenizas, como el resto de su cuerpo.
Desafíame y arrancaré las hojas de
tus ramas y tus raíces de la tierra.
Mailén,
inmóvil por lo que acababa de ver, al principio no sintió el leve temblor con
el que se agitaba la caverna, pero una vez que la entrada de agua de la gruta
comenzó a agitarse violentamente, Mailén se puso de pie de un salto y se aferró
a su cuchillo, que ahora le parecía insignificante. “¡Maldita chiquilla!” se escuchó una voz chillona y profunda que
parecía venir de las mismas paredes de la gruta “¡Mataste a mi esposo!” el agua de la entrada burbujeaba y oleaba
desafiando todas las leyes de la naturaleza, hasta escupir una masa verde que
comenzó a tomar forma. Tenía el tamaño de un puma joven, era viscosa y no del
todo líquida. Primero creció brazos, mientras comenzaba a emitir una especie de
jadeos, Mailén se apretaba contra la roca de la pared más alejada de la
entrada, horrorizada por la visión física del espectro. Mientras se arrastraba
en dirección al collar destrozado, un ojo inyectado en sangre, y luego otro,
aparecieron en medio de la masa, seguidos de lo que parecía una cabeza. La
porción de materia a la que estaban pegados los brazos se hizo un poco más
sólida y tomó una forma que recordaba ligeramente a un torso “Maldita chiquilla” susurraba una y otra
vez el espectro entre jadeos, alcanzando al fin los trozos del collar que había
llevado Aukimán. Al tocarlos, las escamas de cristal se volvieron a juntar y la
criatura se lo anudó al cuello con un movimiento rápido y tembloroso.
—Aukimán
ya no te pertenece… Lo-Lo he liberado de tu yugo— La voz de Mailén era apenas
un hilo del que colgaba su entereza.
Una
vez con el collar puesto, la criatura pudo terminar su transformación: bajo los
ojos se abrió una boca de pequeños dientes afilados y en el lugar donde debían
ir las orejas, aparecieron sendas agallas que se abrían y cerraban de forma
grotesca. La piel se solidificó húmeda
sobre la anterior viscosidad, y en lugar de piernas, se materializó una cola
sudorosa y sin aletas, como de anguila.
—¡Ahora
te enviaré a pasar el resto de la eternidad con mi Aukimán, como querías,
maldita zorra! —Chilló Vilko mientras la pared de agua finalmente cedía y llenaba
estrepitosamente la gruta. Mailén, indefensa ante las fuerzas brutales de la
naturaleza, intentó nadar hacia la entrada, pero la violencia de la tromba de
agua la arrojaba siempre contra la fría roca. Su cuerpo bailaba como una
marioneta rota en manos de un orate, la corriente levantaba arena que arañaba
su piel y oscurecía el agua ocultando la luz de las estrellas. Con los ojos
cerrados y dejándose vapulear por la corriente, elevó una última plegaria a su
prometido para que la recibiera en el salón de los guerreros. En medio de la
oscuridad, el crujido de sus huesos arrojaba dagas de dolor contra su carne
hasta que fue incapaz de controlar la necesidad de aire en sus pulmones, abrió
la boca y aspiró la mezcla de arena y agua que la envolvía. Esta vez el dolor
entró a raudales en su pecho y hundió su vista en una niebla roja y negra para luego
cesar definitivamente.
En
la aldea, Nuke sintió en su corazón la magia que se escapaba del cuchillo que
le había regalado a Mailén y supo que no volvería a ver a la muchacha. En
silencio, rezó por los espíritus del hombre encantado y la niña guerrera para
que ambos encontraran paz en el siguiente mundo.
Mailén
se encontró todavía dentro del agua, observando su cuerpo magullado, el rostro
desfigurado y su brazo derecho doblado en un ángulo imposible. Ya no sentía dolor ni frío, ni el roce del agua contra piel. Intentó aguantar la
respiración, pero se dio cuenta de que no era necesario, que no sentía sus
pulmones pedir aire ni su corazón latir. Los pies de su carne mortal estaban
envueltos en un destello dorado que parecía arrastrarla lenta y suavemente
hacia el fondo del lago, hasta que finalmente su cuerpo reposó en un lecho de
algas y corales multicolor. El destello tomó la forma de un muchacho de piel
morena que besó su frente y los dedos de sus manos y luego desapareció en el
verdor de las aguas iluminadas por las estrellas.
Grifos nocturnos
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