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lunes, 23 de abril de 2012

Grifos nocturnos

Como una mariposa rota se golpeaba contra el cristal de su indiferencia. Los silencios vacíos después de sus palabras y la negación eterna de sus pensamientos fueron transformando su sonrisa en un escudo vasto, enfriando su pasión, agotando sus ganas. Ahora era su momento de decir que no: las súplicas se aplastaron contra su fortaleza como antes lo habían hecho sus palabras risueñas. Las disculpas no hicieron más que manchar su armadura reluciente por la espalda: una ataque cobarde, y ella detestaba a los cobardes por sobre todas las cosas; por supuesto que un acto cobarde no hace cobarde a un hombre, pero en ese momento no toleraría siquiera el asomo de la duda. La acera se abrió ante sus pasos pesados, seguros; sus alas de mariposa se volvieron largas plumas y sus pies, poderosas zarpas, sus labios ahora eran duros y afilados. Corrió, corrió con el viento en las plumas, con las luces de la ciudad en los agudos ojos. Ya habrá tiempo para lamentarse las despedidas, esta noche es para correr, volar y descansar. Mañana será para llorar, mañana el cielo estará gris y el cemento volverá a cubrir la ciudad. Mañana el orgullo soltará las cadenas del corazón y todo el cuerpo se estremecerá en un sollozo. Mañana volverá a ser una mariposa de alas rotas estrellándose contra el cristal de su indiferencia, anhelando la luz de su sonrisa.

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