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domingo, 24 de agosto de 2008

Desiderio


En el fondo, La Multitud sabía que nada podría mantenerlos a salvo, pero preferían refugiarse en las palabras alentadoras del Líder y hacer como si realmente creyeran que Aquél no les encontraría en ese lugar. El terror les roía el ánimo y el pensamiento; todos se escondían incluso unos de otros tras sus capuchas como niños que durante el juego cubren sus ojos creyendo que así nadie puede verles.

Pero Fobos era especialmente cruel con Ella, que había logrado burlar la defensa de sus huestes.

¿Qué hacer, qué hacer? Ojalá nunca hubiese osado a desafiarle. Ojalá nunca se hubiese atrevido a levantar la mirada ante él. Ojalá nunca hubiera nacido. Y es que no había podido resistirse a su fascinante poder.

La Multitud se reunía silenciosamente en torno al fuego rumiando despacio su incertidumbre. El oro ígneo se reflejaba en cada silueta encapuchada y el hedor a miedo hacía la respiración dificultosa.

De pronto, el fuego se enfrió y el oro se tornó azul. Un solo grito mudo, un solo revuelo general y la multitud se ha esparcido en un caos de hormiguero un segundo y al siguiente ha quedado totalmente paralizada al comprender que cualquier intento de escapatoria es absolutamente vano.

La silueta que se materializó en medio del fuego no era distinta de cualquier miembro de La Multitud. Un paso lento, pesado y sordo resonó en las paredes de piedra

Ella sabía que la buscaba, que su atrevimiento no habría de quedar impune y que de nada servía correr o intentar esconderse. Aquél sabía dónde estaba y lo que pensaba. Podía sentirlo penetrando en su mente, invitándola a descubrirse, seduciéndola una vez más. Se escurrió entre las estatuas de mármol encapuchadas sin romper el silencio perpetuo que oprimía los pechos de La Multitud. El par de brasas ardiendo siguió burlonamente su movimiento.

Media sonrisa se dibujó en el rostro cetrino del Señor de los demonios.

En un solo momento eterno salvó los pasos que lo separaban de su víctima. Las estatuas de mármol le abrieron paso como ovejas mansas y ella se rindió antes de librar una batalla perdida la primera vez que había sucumbido a Aquél por avaricia.

Estaba totalmente indefensa, pero su presencia avasalladora era absolutamente irresistible. Y tan excitante. Se levantó lentamente, temblando. Vendría su castigo y sería terrible. Tal vez la muerte, el dolor. Tal vez la sangre.

Un solo movimiento violento y Él se abalanzó sobre Ella. El fuego volvió a crepitar y las estatuas de mármol vivieron de nuevo.

Él la sostuvo de espalda por las muñecas con fuerza sobrehumana y la arrojó sobre una mesa. Ella no resistió, ni siquiera lo intentó, no quiso hacerlo. Sabía que eso le deleitaba, podía sentirlo.

De pronto, la presión en sus muñecas cedió. Sintió cómo Aquél levantaba sus ropas y dejaba su espalda descubierta. Una caricia suave, cargada de deseo recorrió su piel y ella se estremeció. Aún tenía miedo, pero de a poco la curiosidad le ganaba terreno.

Otro movimiento violento, se sintió elevada y vuelta a arrojar esta vez sobre el piso de piedra. Ahora Él estaba sobre ella. Sentía su respiración caliente y profunda en el cuello. Se estremeció y dejó de luchar contra la fascinación que el Demonio ejercía sobre ella y de pronto comenzó a desear estar bajo su poder. Ya no tenía escapatoria alguna y el sólo intentar burlar al Señor de los Demonios le costaría algo peor que la vida.

Él podía percibir el cambio. Era lo que había estado buscando, que ella se abandonara a su poder voluntariamente. Comprendía que sus promesas habían terminado de seducirla y podía sentir cómo se abría y se volvía dócil, maleable, blanda... y lo deseaba como Él a Ella.

Ella sonrió.

- - - Pondré toda mi lujuria a tu disposición si me conviertes en uno de tus demonios


La sonrisa de Aquél se unió a la suya.

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