No te vayas, le pidió. Él se inclinó para besarla. Ella olía a
calor y sus labios, a humedad; en su piel se había enredado el aroma intenso de
su amor y al suspirar ella, las sábanas exhalaron un vaho tibio en recuerdo de
los cuerpos que habían descansado en hermético abrazo. Él olía a perfume de
hombre, a menta y a ropa limpia; su nariz helada y su aliento fresco la
desperezaron un poco más. Quédate conmigo
sólo un minuto más, suplicó ella y le lanzó los brazos al cuello. Su piel
se erizó cuando el frío del exterior de las sábanas golpeó sus poros, pero lo
hizo caer sobre el torbellino de mantas y frazadas que la cubría apenas. Adoraba sentir el peso de
su cuerpo varonil sobre su pecho. Por su mente pasaron imágenes sueltas del frenesí
de la noche anterior, de la semana que recién había pasado, de innumerables
episodio claroscuros. Abrazó su espalda, recorriendo las marcas que sabía que
se escondían bajo la camisa, tan reales como el leve resentimiento en sus
muslos esa mañana. Debo irme, rió él,
te veré esta tarde y si quieres podemos
ir a comer. Te arrancaré mil sonrisas. Ella suspiró,
adormilada nuevamente y con la cara enterrada en su cuello, adivinando el
palpitar de las venas bajo su piel. No, esta
tarde sólo quiero que me abraces y descansemos, susurró. Él asintió y se deshizo del
apretado abrazo de ella, le besó en la frente por última vez y la arropó con
ternura. Descansa un poco más, volveré a
ti pronto.
La mañana transcurrió en paz en
su oficina. Llegado el mediodía, el momento que había estado esperando toda la
semana se presentó y los pensamientos amorosos de quien lo esperara en casa
quedaron enterrados bajo un borbotón de adrenalina. Se asomó precipitadamente a
la puerta de su oficina: ¡Carolina,
espera! Alcanzó a la mujer ¿Dónde almorzarás?
¿Qué te parece si te llevo a un lugar lindo? trataré de robarte mil sonrisas añadió
en voz baja.

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