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viernes, 19 de julio de 2013

Humo y espejos

Esa ira adolescente, roja y violenta ha dado paso a una tristeza honda y lenta, una tristeza que no hace fruncir el ceño sino que saca lágrimas que se enfrían en las mejillas, lágrimas tibias y escasas, que se van muriendo de a poco y hay que secar sus cadáveres helados porque duelen sobre la piel. Una tristeza que hace creer que no importa, que no está, cuando se esconde en los rincones penumbrosos del corazón para asomarse de vez en cuando a la orilla de los labios y abrazarse a la lengua, enmudeciendo palabras que no vale la pena decir porque donde sea que caigan, serán semillas de discordia, alimento para una hoguera o cortes de papel.
 Y pienso que tal vez, sólo quizás, si yo fuera menos yo misma, estaría menos triste; si no tuviera las orejas sobre las nubes, si pudiera limarme los colmillos y esconder las garras, sería menos afín al tifón de palabras duras que provoca esa tristeza muda. Si fuera de otra forma: si tuviera veneno en la lengua, escamas en lugar de pelaje, alas y no patas, podría esperar, esperar, esperar... y simplemente hacer de cada pequeña batalla una pelea a muerte, una estocada por la espalda, una mentira malintencionada... Entonces no sería afín al desastre sino a la putrefacción ¿sería mejor? 
¿Lo sería?

1 comentario:

Gerardo S.B. dijo...

Lindo, muy lindo.
Hace tiempo que no leía algo así.


Saludos!